Me creía indestructible.
Ya estaba destruida…
por mí misma

Me creía indestructible.
Ya estaba destruida…
por mí misma

Me llamo M. y he sufrido un trastorno alimentario. Soy una chica de 19 años.

Estas palabras son las más difíciles que he tecleado porque miles de sensaciones y recuerdos me han venido a la mente. Sabía que quería empezar mi testimonio con esa frase pero, al escribirla, he tardado lo mío para que pudiese procesar toda la información. Además, es la primera vez que confieso esto ante un público tan amplio, así que mis nervios son mayores.

Me creía indestructible cuando ya estaba destruida, y por mí misma. De alguna manera pensaba que sentirme mal era normal, mi naturaleza: destinada a ser una desgraciada, infeliz. ¿Por qué demonios creía ciegamente en eso? Nada más pensarlo, me emociona. Me sigue aterrando lo que he llegado a hacer y a ser, y aún más el gran cambio que he hecho; pero un terror positivo, es decir: comparo mi persona de hace dos años y medio con la de ahora y me da miedo porque parezco otra, otra que jamás planteé que podría llegar a ser. No conocía que podría haber esta parte de mi escondida en mi interior y, que sin quererlo, encerré. Por eso este miedo: porque parece que otra personalidad se ha apoderado de mí… pero no hay razón para sentirse así, porque mi yo actual, es lo que de verdad soy. La persona en la que me he convertido es mi verdadera naturaleza.

Nunca olvidaré el día en que decidí cambiar el rumbo de mi vida. 10 de diciembre del 2012, lunes: supuse que sería un día y un comienzo de semana normal pero, para mí, no fue así. Ese día, a la hora del patio, tuve una fuerte discusión con una amiga de aquel entonces. En realidad yo no participé en absoluto, era ella la que todo el rato hablaba; y me hizo sentir tan mal, que yo llegué a mi límite y mi tristeza explotó. En aquel momento es cuando sentí de golpe la soledad. En aquella época solo tenía dos amigas, y me abandonaron. Lo hicieron porque dependía mucho de ellas: entre que chocaban con su autonomía y mi inconsciencia, decidieron dejarme. Durante las tres horas restantes de clases, no paré de llorar. Ni siquiera me percaté si mi alrededor se dio cuenta de mi estado: en aquel momento pensé que no porque nadie me dirigió la palabra; igualmente, creo que tampoco le hubiese tomado atención porque me encerré tanto en mi misma, más de lo que nunca había hecho. En el instituto, ahí mismo, no hacía más que repetirse la idea de morirme. Morirme, morirme y morirme; la mágica solución a todo. No era la primera vez que esa idea rondaba en mi cabeza, ya que llevaba casi un año auto-lesionándome, pero es que en ese momento lo sentía más que nunca. Y morirme ahí, en el aula, enfrente de todos. Tan extremo fue que tomé varias pastillas que quedaban en mi mochila por la regla, ya que como tampoco había desayunado ni almorzado y me sentía mareada por el agonizante llanto, quizá me daba un chungo y me sacaban de ahí. Ya os digo ahora mismo que no me pasó nada y salí ilesa del instituto, pero cuando entré al coche de mi madre, volví a romper a llorar.

“Mamá, necesito ayuda”.

En el coche, le conté a mi madre lo que pasó con mis amigas y ella me dio una de esas charlas típicas que solía darme sobre que las amigas no sirven para nada porque te acaban abandonando, por eso ella no tiene ninguna.

“Una está mejor sola. Sola, pero con tu madre. Yo soy la mejor amiga que puedes tener. Nos tenemos la una a la otra, y siempre será así”.

Después de que dijese cosas de las cuales estaba en contra, al final me dijo que buscaría un psicólogo para sentirme mejor y yo decidí dejar el bachillerato durante una temporada. Los del instituto se enteraron, tuve una sesión con la psicóloga de allí y me recomendó Khepra. De ahí conocí este centro. Mi primer contacto fue en sesiones individuales en un despacho del instituto con R.—indirectamente me hacía ir para que yo siguiera yendo a clase— pero el plan falló porque no quería volver más al colegio. Así que, después de dos meses, entré en el grupo de terapia.

11 de marzo del 2013, otro lunes: mi primer día en el grupo de terapia. Lo único seguro que tenía de ese día es que iba a llover. Me imaginé que el sitio iba a ser bastante trágico, como que nadie se hablaría con nadie. Siempre en silencio. En realidad no es así porque hay mucha comunicación con los compañeros, pero tampoco mi teoría era muy errónea porque, pones a esos mismos en posición de terapia, y se quedan en silencio. Si no hay silencios incómodos en Khepra, no es Khepra.

Ese día llegué media hora antes de la que tocaba y no había nadie menos los del otro grupo que no son de TCA, así que esperé sentada con ellos hasta que llegara mi grupo que aún desconocía. Las primeras fueron M. R. y M.C.que alegremente me preguntaron por mi nombre y les respondí con un llanto: estaba tan nerviosa que no me salieron las palabras. Mi primera comida fue normal, bastante peculiar por las normas que hay ya que nunca había estado en un sitio así, pero me adapté rápido. En cambio, en la primera terapia grupal, en la presentación, volví a echarme a llorar cuando les confesé que me auto-lesionaba. Mi primer día fue tremendamente sincero, cosa que no sucedió lo mismo durante una temporada.

Los pilares fundamentales de mi tratamiento han sido mis padres y mi trastorno, dos cosas de las cuales mentí totalmente.

Nunca dije textualmente que mis padres son un matrimonio feliz, pero tampoco dije lo contrario… aun así, se interpretaba lo primero. Sinceramente, no recuerdo cómo la mentira se descubrió (¿creo que por una terapia de R. con mi madre?) pero yo sabía perfectamente que este dato tan esencial debía salir a la luz ya que me influenció mucho. Es mi ambiente familiar, en el que me he criado desde que nací: por supuesto que es esencial. Mi madre me dijo que no dijera nada porque ellos no tenían la culpa de lo que me pasaba, ni yo lo hice y aún mantengo el pensamiento; pero, el dolor resentido que sufría, era real.

Mis padres están separados, no legalmente ni de casa, pero sí de habitación. Por lo que tengo entendido, comenzaron a llevarse mal cuando mi madre me tenía en su vientre ya que la familia de mi padre tuvo problemas con ella… pero, claro: es la versión de mi madre, y la única que tengo. Nunca me interesó conocer la otra parte y sigo queriéndolo así. Me cansé de estar en medio de su relación, cosa que desconocía que ocurría hasta que lo hablé en Khepra.

Nunca sentí tanto alivio hasta que hablé de mi situación con mis padres. La verdad, desconocía que se podía sentirse tan descargado tras contar un problema. He estado sufriendo en silencio, aunque en realidad el sentimiento estaba oculto y no me di cuenta de ello hasta que dije la verdad sobre mi familia. El momento en que más sufrí con esto fue cuando vi que mi padre no era tan bueno como yo tenía idealizado, ya que a mi madre la tenía como la mala-malísima, pero es que ninguno de los dos son lo que les etiqueté. Una vez abiertos los ojos, me decepcioné de mi padre y me arrepiento del dolor que le he causado a mi madre cuando descargaba mi ira hacia ella y la hacía llorar. Dicen que lo peor que puede ver un hijo es ver a su madre llorar, pues yo me sentía un monstruo porque yo no sentía nada cuando la veía hacerlo.

Ahora que me he ido de esa relación, no quiero volver a meterme ahí dentro nunca jamás. Esa no es mi guerra, y por desgracia lo fue contra mi voluntad durante una temporada ya que no tenía uso de razón; pero, ahora que la tengo, quiero saber de mis padres lo mínimo. Sé que vendrán tiempos familiares muy complicados, donde uno se enfadará conmigo porque me he ido con el otro, o quizá ambos se enfadan porque he decidido irme por mi propio camino… Si soy sincera, no estoy preparada para esto; ni la persona más racional lo estaría. Mi hogar siempre ha estado roto, pero ver como se completa del todo esta ruptura con tus propios ojos es algo diferente. No estaré preparada, pero sí estoy fuerte para superarlo cuando llegue el momento.

Mi segunda gran mentira: el trastorno. Sin duda, lo que más se ha luchado en mi tratamiento; pero no para curarlo, sino para admitirlo. Entré en este grupo de terapia sabiendo que era de TCA sin saberlo; es decir: no sabía por qué estaba aquí dentro. No veía que yo tenía un problema con la comida, porque tener atracones no es un problema. Mi idea era esa, y bien fija que era. Me comparaba ferozmente con mis compañeras que sufrían anorexia porque ellas si podían demostrar a través de su físico que estaban enfermas y yo no ya que “popularmente” está “aceptado” la anorexia y la bulimia, en cambio el trastorno por atracón no porque tienes sobrepeso porque “te gusta la comida y estás gorda por eso”. Me ponía muy agresiva con este tema porque sentía que era inferior a ellas, como si mi trastorno no fuera válido. Seguro que dije muchas locuras cuando estaba en ese estado, menos mal que tampoco las recuerdo; solo recuerdo cuando venían nuevas que automáticamente me comparaba y enseguida yo las tachaba porque pensaba que podían quitar mi sitio en el grupo. El caso que más me impactó fue el de I.,que no todos los presentes la habréis conocido, pero era una chica que vino a Khepra y estaba bastante mal como para ingresarla; y así pasó. Gracias a ella, di un giro radical.

Como no, desde un principio la rechacé; pero enseguida me arrepentí. Mi mente cerrada solo la veía como un trastorno cuando en realidad era una bellísima persona del cual llegué a cogerle mucho cariño y mucha protección ya que me sentía horrible por haberla tratado mal. No se lo merecía. Al final, tuvieron que ingresarla.

Era un domingo, y ese día había permiso para ir a visitarla al hospital en el que estaba. Íbamos a juntarnos más del grupo pero no pudieron así que decidí ir sola. Me sorprendió mi autonomía, al igual que lo que estaba haciendo por otra persona; es decir: tampoco era el ser más egoísta del planeta, pero egocéntrica sí que era. Descubrí algo que ignoraba considerablemente: la empatía. Cuando vi a I. aparecer por el pasillo del hospital, sé que quería echarme a correr a ella y darle un fuerte abrazo como para levantarla del suelo; pero, como no era apropiado en ese momento, la saludé con mucha alegría por verla. Paseamos y charlamos durante el permiso. Cuando tuve que acompañarla a su planta para despedirme, no pude contener las lágrimas porque por una parte sentía que no había hecho lo suficiente por ella, pero sobretodo porque la vi como una amiga, una persona muy especial y me dolía mucho dejarla allí porque quería estar más rato con ella. Desde ahí, decidí salir de mi burbuja y ver más allá de mis ojos; pero sobre todo a ayudar a otras personas que lo necesitan porque estas también pueden aportarte muchas cosas.

Sin duda, este grupo de terapia es lo mejor que me ha pasado nunca. La mejor decisión de mi vida, y el mejor tiempo invertido. Aquí he cumplido la mayoría de edad, cuando lo típico es salir a celebrarlo, pero yo lo que necesitaba era compartirlo con la gente con la que mejor me sentía, porque nadie nunca me había hecho sentir tan cómoda como en este grupo. No creía que yo me desenvolviera tan bien en las relaciones sociales. También he aprendido a ser consciente y a liberarme de mis cadenas, que en mi caso era el castillo ya que yo era una pequeña princesa encerrada en una gran fortaleza con su madre y su gata, y con un río con cocodrilos y que en ocasiones su padre hacía también de guardián o entraba en casa; además está la legendaria almohada, que cada vez que me sentía atacada o iba a soltar una ofensa, decía la palabra antes de que la locura se desalmara.

Son muchas risas y lágrimas las que he vivido en estas ocho paredes (digo ocho porque también cuento las del antiguo centro) que realmente se me está haciendo muy difícil expresar porque es increíble todo lo que me ha ocurrido en solo dos años y medio. Ahora, con veinte años, es cuando de verdad estoy viviendo y me siento viva: soy feliz y orgullosa de la persona que soy, y sé que esto nadie —ni yo misma— podrá quitármelo. Todo este esfuerzo de curarme lo he hecho yo misma pero no podría haberlo conseguido sin la ayuda de Khepra. Por eso, estoy realmente agradecida por la paciencia que han tenido conmigo porque sé que no he sido una paciente fácil y, sobretodo, agradeceros a todos por salvarme la vida.

Todo lo que he aprendido en Khepra, es algo que no quiero guardarme para mí sola. Pienso que he adquirido una herramienta tan buena para superar los problemas de uno mismo, que también quiero darle provecho para los demás. Razón del por qué he invitado a mis amigos más cercanos: además de que conozcan mi historia, ya que prácticamente los conocí cuando estaba en la etapa final, también los he invitado para demostrarles lo especiales que son para mí como para abrirles mi corazón. Muchas gracias a vosotros también por manteneros conmigo a pesar de las riñas porque, aunque mi madre no lo valore —Y A MI ME DA TOTALMENTE IGUAL— mis amistades es lo que más valoro. La familia, por desgracia o no, no se escoge pero los amigos sí; y yo quiero escogeros siempre a vosotros.

Como final, quiero remarcar bien alto y claro que me mimo, me amo y me adoro. Soy fuerte, guapa, inteligente y tengo toda una vida por delante y quiero vivirla al máximo sin esconderme ni preocuparme. Merezco ser feliz, amada y que me pasen cosas buenas. Merezco un sitio en el mundo, pero sobretodo yo me merezco a mí misma: me doy las gracias por ser tan genial. Allá donde vaya la alegría, acordaros de mí: porque ahora las dos somos una y somos inseparables.

10 de julio del 2015, viernes: renacimiento de M.

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